Pete Hegseth llegó a decir en televisión que no se lavaba las manos desde hacía diez años y que los gérmenes “no son una cosa real” porque no podía verlos. Luego dijo que bromeaba, pero la frase quedó como síntoma de algo más profundo que una ocurrencia desagradable: una parte de la ultraderecha convierte el desprecio por el cuidado en pose de fortaleza.
No es casual. En ese universo político, cuidarse, prevenir, escuchar a la ciencia o aceptar límites suele presentarse como debilidad. Se premia en cambio una masculinidad tosca, desafiante, casi infantil, que presume de no necesitar normas básicas. El cuerpo aparece como territorio de exhibición ideológica: no lavarse, no vacunarse, no descansar, no admitir fragilidad.
Por eso la comparación con Javier Milei no es caprichosa, aunque los casos no sean idénticos. También alrededor de Milei se ha instalado una estética del desaliño heroico, como si el agotamiento permanente, la imagen descuidada o el caos personal fueran prueba de autenticidad, genialidad o entrega total. Es un patrón reconocible: el líder ultra se muestra desbordado, agresivo, “fuera de protocolo”, y eso se vende como valentía.
Pero el problema no es estético. Es político. Porque cuando se ridiculiza el cuidado, también se ridiculiza todo lo que sostiene la vida: la salud pública, la prevención, la higiene, los consensos científicos, los trabajos invisibles que limpian, curan y protegen.
Después de una pandemia mundial, bromear con que los gérmenes no existen ya no suena provocador. Suena irresponsable. Y cuando esa irresponsabilidad viene acompañada de poder, el gesto deja de ser una excentricidad para convertirse en mensaje.
La ultraderecha no solo ataca derechos. También ataca la idea misma de cuidado. Y un mundo donde lavarse las manos parece menos viril que mandar o gritar es un mundo bastante enfermo.