El Papa León XIV eligió Tenerife para decir una frase que no admite maquillaje: “Deténganse. Conviértanse”. No se la dijo a los pobres, ni a quienes cruzan el mar, ni a las familias que huyen. Se la dijo a los traficantes de personas, a quienes convierten la desesperación en negocio y organizan rutas donde demasiadas vidas terminan en el agua.
El mensaje llegó durante su visita a Canarias, en un encuentro con migrantes, voluntarios y entidades de acogida. León XIV denunció a quienes engañan familias, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres y hacen dinero con el sufrimiento ajeno. La frase no fue solo religiosa. Fue política, humana y profundamente incómoda: una vida migrante no puede ser tratada como mercancía.
Canarias conoce bien ese drama. La ruta atlántica se ha convertido en una de las más peligrosas hacia Europa. Reuters informó que en 2024 llegaron más de 46.000 personas a las islas y que en 2025 murieron más de 3.000 intentando llegar. Detrás de cada número hay una madre, un hijo, una promesa, una deuda, una ausencia.
Pero el Papa también dejó una advertencia para Europa: no basta con condenar a las mafias si después se cierran las puertas, se endurecen fronteras y se deja que el mar haga el trabajo sucio. La trata se combate persiguiendo a los criminales, sí, pero también abriendo vías legales y seguras, protegiendo derechos y evitando que la migración sea una ruleta mortal.
La extrema derecha quiere que miremos al migrante como amenaza. León XIV miró a los verdaderos beneficiarios del horror: quienes cobran por el miedo, por el hambre y por la frontera.
Convertirse, aquí, no es solo rezar. Es dejar de lucrarse con cuerpos vulnerables. Es reparar daño. Es entender que ninguna ruta de muerte puede llamarse oportunidad.