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Javier Milei volvió a mezclar religión, economía y política en un discurso durante el Tributo al Rebe de Lubavitch, en Buenos Aires. Allí defendió que el capitalismo de libre empresa no sería una creación humana, sino un sistema descubierto al obedecer un orden moral previo al Estado y al mercado.
Según recogieron AJN e Infobae, el presidente argentino sostuvo que el capitalismo es “el sistema que Dios preparó” y vinculó la propiedad privada, el libre mercado y la prosperidad con los Diez Mandamientos.
El problema no es que un dirigente tenga fe, ni que exprese admiración por una figura religiosa. El problema aparece cuando un presidente convierte una ideología económica en mandato divino. Porque si el mercado pasa a ser voluntad de Dios, entonces quien lo cuestiona deja de ser un adversario político y puede ser tratado como alguien que rechaza el orden moral.
Ahí está el riesgo: transformar el debate democrático en dogma. Milei habló de prosperidad material asociada a valores espirituales, pero esa lectura puede terminar culpando a los pobres de su propia pobreza. Como si la miseria fuera consecuencia de no obedecer una ley superior, y no también de salarios bajos, alquileres imposibles, recortes, desigualdad o falta de protección social.
Argentina muestra una realidad más compleja. El INDEC informó que en el segundo semestre de 2025 la pobreza bajó al 28,2%, pero eso todavía implicaba más de 8,4 millones de personas pobres en los 31 aglomerados urbanos medidos, y más de 1,8 millones de personas indigentes.
La libertad no puede reducirse a libre empresa. También es poder comer, estudiar, curarse, protestar, trabajar con derechos y vivir sin miedo.
Cuando la política usa a Dios para blindar al mercado, la pregunta ya no es económica. Es democrática: ¿quién puede discutir una injusticia si el poder la presenta como sagrada?