El País
Belfast vive una ola de violencia antiinmigrante después de un brutal ataque con cuchillo que dejó gravemente herido a un hombre. El sospechoso, un ciudadano sudanés, fue acusado de intento de asesinato. Pero lo que ocurrió después no fue justicia: fue una cacería xenófoba contra familias que no tenían nada que ver con el crimen.
Grupos de hombres enmascarados atacaron viviendas, incendiaron coches y obligaron a familias migrantes y de minorías étnicas a huir de sus casas. Reuters informó de que los disturbios se extendieron por varias zonas de Belfast tras la difusión viral del vídeo del ataque, y que la policía reforzó su presencia con 200 agentes adicionales.
La familia de la víctima pidió calma y rechazó que su tragedia fuera usada para alimentar violencia. The Guardian recogió que familias de Uganda, Rumanía, Sudán y Ucrania tuvieron que abandonar sus hogares por miedo a los ataques.
Este es el mecanismo del odio: tomar un delito individual y convertirlo en culpa colectiva. Un hombre comete un crimen, pero la ultraderecha señala a todos los migrantes. Una víctima sufre, pero los racistas usan ese dolor como excusa para quemar casas.
La ministra de Justicia de Irlanda del Norte, Naomi Long, denunció que agitadores en redes estaban alimentando la violencia desde fuera, usando el caso como combustible para el odio antiinmigrante.
La seguridad importa. La justicia importa. La víctima merece reparación y el acusado debe responder ante los tribunales. Pero nada de eso autoriza a perseguir familias por su origen, su color de piel o su acento.
Cuando una sociedad permite que el miedo se transforme en caza de inmigrantes, deja de buscar justicia y empieza a recorrer un camino de ida.
Belfast necesita verdad, justicia y protección para todas las personas. No pogromos modernos disfrazados de protesta.