Burkina Faso aprobó nuevas normas para prohibir que organizaciones humanitarias difundan imágenes de personas vulnerables junto a donaciones recibidas. La medida apunta contra lo que se conoce como “poverty porn” o “porno pobreza”: usar rostros de miseria, niños, hambre o precariedad como material emocional para conseguir dinero, likes o reputación.
La práctica es conocida. Una cámara llega, alguien entrega una bolsa de comida, una persona empobrecida posa agradecida, el video se sube a redes y la audiencia aplaude la generosidad del donante. El problema es que muchas veces quien recibe ayuda queda reducido a decorado de sufrimiento. Su dignidad se cambia por impacto visual.
La ayuda humanitaria necesita transparencia, claro. Pero transparencia no significa exponer cuerpos vulnerables como prueba de bondad. Una ONG o un influencer pueden rendir cuentas sin convertir a una familia pobre en cartel publicitario.
La decisión de Burkina Faso abre un debate necesario para todo el sector solidario. Durante décadas, ciertas campañas mostraron niños africanos como símbolos de hambre sin contexto político, sin historia colonial, sin responsabilidades económicas globales. Esa mirada consiguió donaciones, sí, pero también alimentó estereotipos racistas: África como dolor eterno, Europa como salvadora, la pobreza como espectáculo.
Ahora bien, tampoco conviene romantizar al Gobierno burkinés. El país está bajo una junta militar criticada por recortes de libertades y presión sobre organizaciones civiles. Que una medida concreta sea justa no vuelve democrático a todo el poder que la firma.
Aun así, el principio vale: la pobreza no puede ser materia prima para marcas personales. Ayudar no da derecho a humillar. Una persona que recibe comida no debe pagarla con su imagen.
La solidaridad real no necesita poner la miseria en primer plano. Necesita poner la dignidad en el centro.