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Thomas Piketty cambió una conversación que parecía reservada a expertos. Su idea central es sencilla y potente: la desigualdad extrema no es un accidente. Es una tendencia que crece cuando la riqueza se concentra y la política mira hacia otro lado.
En El capital en el siglo XXI, Piketty explica que, cuando el rendimiento del capital crece más rápido que la economía, la riqueza tiende a acumularse arriba. Es decir, quien ya tiene patrimonio puede multiplicarlo con más facilidad que quien solo vive de su salario.
La consecuencia no es solo moral. También es económica. Una sociedad demasiado desigual desperdicia talento. Si una niña no puede estudiar, si una familia no accede a salud o si un joven abandona sus proyectos por falta de recursos, pierde esa persona. Pero también pierde el país entero.
Por eso la igualdad no es un freno al crecimiento. Puede ser su motor. Cuando más gente tiene educación, vivienda, salud y estabilidad, hay más consumo, más innovación y más capacidad para emprender o trabajar con dignidad.
Los datos globales muestran la magnitud del problema. El World Inequality Report señala que el 10% más rico del planeta recibe el 52% de los ingresos globales, mientras la mitad más pobre apenas recibe el 8,5%. La OCDE también ha advertido de que la desigualdad limita la movilidad social y que muchas personas sienten que el ascensor social se ha roto.
Piketty propone herramientas concretas: fiscalidad progresiva, inversión pública, educación fuerte y un Estado capaz de equilibrar la partida. No se trata de castigar a quien progresa. Se trata de impedir que el punto de partida decida toda una vida.
La economía funciona mejor cuando no deja a millones fuera. Una sociedad más justa no solo reparte mejor. También piensa mejor, trabaja mejor y resiste mejor las crisis.