Foto de Chris Carlson AP
Philipp Lahm no lanzó una crítica menor. El excapitán de Alemania acusó a Gianni Infantino de poner el Mundial al servicio del poder político y del negocio, con precios de entradas poco transparentes, un calendario cada vez más saturado y una FIFA demasiado cómoda junto a figuras como Donald Trump.
Su crítica fue directa. Lahm acusó a Gianni Infantino de acercarse demasiado a figuras de poder como Donald Trump y de poner en riesgo la credibilidad del fútbol. En su columna, recogida por Cadena SER y El País, habló de precios de entradas poco transparentes, calendario saturado y un Mundial cada vez más convertido en producto.
La polémica llega justo cuando Infantino presume de éxito. En una entrevista con EFE, el presidente de la FIFA aseguró que el Mundial 2026 ya es “el más exitoso” de la historia y defendió los estadios llenos, con una ocupación del 99,6%, como respuesta a las críticas por los precios.
Pero un estadio lleno no siempre significa un fútbol accesible. Puede estar lleno y, aun así, dejar fuera a muchas familias. Puede vender todas las entradas y, aun así, perder algo esencial: la idea de que el Mundial pertenece a quienes lo cantan, lo sufren y lo celebran desde abajo.
El problema no es que el fútbol crezca. El problema es que crezca hacia arriba. Hacia palcos, acuerdos políticos, entradas imposibles y dirigentes que parecen más cómodos junto al poder que junto a los aficionados.
El Mundial debería ser una fiesta popular. Una excusa para mezclar idiomas, barrios, banderas y memorias. Pero cuando la FIFA se acerca demasiado a los poderosos, el balón empieza a parecer una herramienta de prestigio ajeno.
Lahm no está atacando al fútbol. Está defendiendo lo que todavía queda de él.
Porque el Mundial puede tener más equipos, más sedes y más cámaras. Pero si se vuelve inaccesible para el pueblo trabajador, gana dinero a cambio de vender su esencia.