Fuente EFE
España encadena su cuarta ola de calor del verano, y con ella, una nueva y trágica cifra: cerca de 300 muertes atribuibles a las altas temperaturas en apenas unos días, según los datos provisionales del sistema de vigilancia MoMo. En concreto, se contabilizan 171 fallecimientos en un primer tramo y 117 en el siguiente, una cifra que se suma a un balance ya alarmante para el conjunto de la temporada: 3.084 muertes relacionadas con el calor entre mayo y julio de este año. Detrás de cada cifra hay personas mayores, personas con patologías previas y personas sin recursos para protegerse del calor extremo, que son quienes concentran la inmensa mayoría de las víctimas.
Los expertos en salud pública insisten en que estas cifras no son un fenómeno meteorológico aislado, sino la consecuencia directa y medible del cambio climático, que multiplica tanto la frecuencia como la intensidad de las olas de calor en el sur de Europa. Lo que hace veinte años era una anomalía puntual se ha convertido en un patrón estival recurrente, con un coste humano que las administraciones aún no han logrado reducir de forma significativa.
Las asociaciones de mayores y las organizaciones sociales llevan años reclamando planes de choque específicos: refuerzo de la atención domiciliaria en los meses de más calor, adecuación térmica de viviendas para personas con rentas bajas y una mejor coordinación entre servicios sociales y sanitarios para detectar situaciones de riesgo antes de que sea demasiado tarde. La mortalidad por calor no es inevitable: depende, en gran medida, de los recursos que se destinan a proteger a quienes más lo necesitan.
El verano aún no ha terminado, y los servicios meteorológicos no descartan nuevos episodios de calor extremo en las próximas semanas, lo que mantiene en alerta a un sistema sanitario y social que ya empieza a mostrar signos de agotamiento.