Un editorial publicado esta semana en la revista Science pone nombre a un fenómeno que ya está remodelando cómo entendemos la comida: la «era Ozempic«. Los fármacos agonistas del GLP-1 —Ozempic, Wegovy, Mounjaro— funcionan, y han ayudado a millones de personas a perder peso. El problema, advierten sus autores, Luc Hagenaars (Universidad de Ámsterdam) y Laura A. Schmidt (Universidad de California en San Francisco), es que se están convirtiendo en un parche individual para un problema con una raíz social muy concreta: los ultraprocesados.
Entre 2007 y 2022, las ventas anuales per cápita de alimentos ultraprocesados crecieron casi un 20% en los países de ingresos medios-altos, de 104 a 121,6 kilos por persona, según recoge una serie de revisiones publicada en The Lancet. Son productos baratos, diseñados para estimular el apetito de forma artificial, y su presencia en los supermercados no deja de crecer. Mientras tanto, la industria farmacéutica presenta la obesidad «casi como una epidemia caída del cielo que requiere tratamiento médico», denuncia Hagenaars, en lugar de señalar a estas empresas como parte del problema.
El negocio, además, se retroalimenta: los mismos grandes conglomerados que fabrican ultraprocesados ya lanzan batidos sustitutivos y comidas funcionales pensadas para quienes toman estos fármacos. «Es muy peligroso que se piense que uno se puede atiborrar de ultraprocesados sin consecuencia alguna para la salud, porque después habrá un fármaco que le solucione el problema», advierte Maira Bes Rastrollo, catedrática de la Universidad de Navarra.
Los datos comparados son reveladores: en Estados Unidos, donde el uso de estos medicamentos se ha disparado, la obesidad bajó del 39,9% al 37% en dos años. En España, con un uso mucho menor, afecta a poco más del 15% de la población. La diferencia no está en la farmacia, sino en el supermercado y en la cultura alimentaria.
Hagenaars también cuestiona el concepto de «preobesidad clínica», propuesto hace un año por un comité de expertos: la sección de conflictos de interés de aquel artículo, señala, ocupaba dos páginas completas. Cuantas más personas entren en categorías médicas de obesidad, mayor el mercado. Frente a esa deriva, la socióloga Cecilia Díaz Méndez, de la Universidad de Oviedo, reivindica la cultura mediterránea —los mercados, la sobremesa, cocinar para otros— como resistencia real frente a la homogeneización alimentaria de las grandes corporaciones.
El presidente de Mercadona, Juan Roig, ya vaticinó que hacia 2050 no habrá cocinas. Puede que tenga razón. La pregunta, como plantea Díaz Méndez, es si queremos un futuro en el que comer se resuelva con una pastilla en lugar de con un plato compartido.





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