En Washington, activistas proyectaron sobre la fachada del hotel Hilton imágenes y documentos vinculados al caso Jeffrey Epstein y a Donald Trump, justo antes de la cena de corresponsales de la Casa Blanca. No fue una pancarta más: fue usar un edificio entero como pantalla contra el silencio.
La protesta apuntaba al archivo Epstein, a las conexiones públicas entre Trump y el financiero condenado por delitos sexuales, y a la exigencia de transparencia sobre documentos que siguen alimentando sospechas, encubrimientos y guerras internas dentro del propio trumpismo. Conviene decirlo con precisión: una foto o una amistad no prueban culpabilidad penal. Pero el poder tampoco puede exigir que la ciudadanía olvide sus vínculos cuando hablamos de redes de abuso, menores y élites protegidas.
La «Pedo Bowl», usado como grito de denuncia en redes, funciona porque golpea donde más incomoda: en la hipocresía de quienes construyen carreras acusando a otros de depravación, mientras piden pasar página cuando el foco se acerca a su propia casa política.
El caso Epstein nunca fue solo una historia criminal. Fue una radiografía de clase: dinero, contactos, mansiones, aviones, impunidad y niñas convertidas en mercancía para hombres poderosos. Por eso proyectar esas imágenes en un hotel de lujo tiene una carga simbólica enorme. La pared dice lo que el salón VIP preferiría no escuchar.
También hay que evitar el morbo. Hablar de Epstein no debería ser un espectáculo para insinuar sin pruebas ni convertir víctimas en munición partidista. Debería servir para exigir archivos completos, justicia, nombres, responsabilidades y protección real para quienes denunciaron.
La pregunta no es si una proyección incomoda demasiado. La pregunta es por qué, cuando se trata de abusos sexuales ligados a poderosos, siempre parece haber alguien pidiendo bajar la luz.