Fuente EFE
La alianza que ha sostenido la resistencia ucraniana frente a la invasión rusa acaba de sufrir su grieta más visible. El presidente de Polonia, Karol Nawrocki, retiró el viernes la Orden del Águila Blanca a Volodímir Zelenski —la máxima distinción del Estado polaco, concedida en 2023— y este la devolvió el sábado. Un gesto por un gesto. Una herida abierta en el peor momento posible.
El detonante es un decreto de Zelenski que bautiza una unidad de las Fuerzas Especiales ucranianas con el nombre de «Héroes de la UPA», en referencia al Ejército Insurgente Ucraniano que operó en los años 40 y que Polonia considera responsable de las masacres de entre 80.000 y 100.000 civiles polacos en la región de Volinia. Para Ucrania, la UPA es parte de su historia de resistencia. Para Polonia, es memoria de un genocidio.
Nawrocki, historiador especializado en crímenes nazis y soviéticos, justificó la retirada diciendo que «no podemos traicionar a nuestros antepasados con el silencio». Zelenski respondió que la Orden «estaba destinada al pueblo ucraniano y a nuestro ejército». Ambos tienen razón desde su propia historia. Y ambos están equivocados en el momento elegido.
El ministro de Exteriores ucraniano lo dijo sin rodeos: «Este error estratégico solo beneficia a Moscú». Dimitri Medvédev, expresidente ruso, aplaudió la decisión polaca en redes sociales casi de inmediato. El primer ministro polaco, Donald Tusk, rival político de Nawrocki, intentó bajar la tensión: «El frente está en otro lugar».
Polonia ha acogido casi un millón de refugiados ucranianos y ha sido la principal plataforma logística de armamento occidental a Kiev desde 2022. Que esa alianza se agriete por una disputa histórica —por real y dolorosa que sea— es exactamente lo que Rusia lleva años intentando provocar.