Fuente EFE/EPA/Neil Hall
El primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, anunció este lunes su dimisión como líder del Partido Laborista y jefe de Gobierno, menos de dos años después de haber llegado al poder con una victoria histórica sobre los conservadores. La decisión llega tras meses de presión interna y una debacle en las elecciones locales de Inglaterra.
Los resultados fueron devastadores para los laboristas: perdieron 537 concejales, mientras que el partido ultranacionalista Reform UK ganó 785 asientos. En Escocia venció el SNP y en Gales, el Plaid Cymru desbancó por primera vez a los laboristas de su feudo histórico. El golpe fue tan contundente que cuatro ministros —entre ellos la titular de Exteriores, Yvette Cooper, y el de Clima, Ed Miliband— le pidieron expresamente que fijara un calendario de salida.
Starmer reconoció desde Downing Street que no es «el mejor posicionado» para liderar al partido de cara a las próximas elecciones. «Cada decisión que he tomado ha sido para poner al país que amo primero. Es por eso que dimito», declaró. Se mantendrá en el cargo hasta otoño para facilitar la transición.
Todo apunta a que Andy Burnham, exalcalde de Mánchester, será su sucesor. Burnham protagonizó la única buena noticia laborista en estos comicios: ganó la circunscripción de Makerfield frenando a la ultraderecha.
Lo que ha ocurrido en el Reino Unido es una advertencia que no debería ignorarse en el resto de Europa: cuando la izquierda llega al poder sin un proyecto transformador claro, el desencanto no va hacia el centro. Va hacia la ultraderecha. Y esa lección vale para todos.