La tarjeta roja a Folarin Balogun ya no es solo una jugada discutida del Mundial. Es una imagen política: Donald Trump llamando al presidente de la FIFA para revisar una sanción que dejaba fuera al goleador estadounidense justo antes de jugar contra Bélgica.
Según informó The New York Times y recogieron medios como El País y The Guardian, Donald Trump contactó directamente con Gianni Infantino antes de que la FIFA suspendiera la sanción automática de un partido a Balogun. El delantero había sido expulsado contra Bosnia-Herzegovina y, en principio, debía perderse los octavos de final.
La FIFA justificó la decisión aplicando el artículo 27 de su Código Disciplinario, que permite suspender temporalmente la ejecución de una sanción. Balogun podrá jugar, pero queda bajo un periodo de prueba de un año. La federación belga expresó su sorpresa y criticó la falta de coherencia con la regla que establece suspensión automática tras una roja.
El problema no es solo si la entrada merecía roja. El fútbol está lleno de decisiones injustas. El problema es otro: qué ocurre cuando una sanción cambia después de una llamada desde la Casa Blanca.
Porque el fútbol popular se vende como igualdad: once contra once, las mismas reglas, el mismo césped. Pero escenas como esta recuerdan que el poder no siempre necesita entrar al campo para influir en el partido. A veces basta una llamada.
Trump celebró la decisión como la corrección de una “gran injusticia”. Pero millones de futbolistas, clubes pequeños y selecciones sin padrinos saben que muchas injusticias no reciben llamadas urgentes. No hay presidentes moviendo teléfonos por ellos. No hay acceso directo al despacho de Infantino.
La cuestión de fondo no es Balogun. Es el precedente. Si una tarjeta puede volverse negociable cuando juega el anfitrión, el Mundial deja de parecer una fiesta del fútbol y empieza a parecer una mesa VIP.