En Reino Unido, 120 personas millonarias firmaron una carta abierta dirigida al nuevo primer ministro, Andy Burnham, con un mensaje difícil de encajar para el dogma neoliberal: “Podemos pagarlo”. Le pidieron que les suba los impuestos.
Entre los firmantes aparecen nombres conocidos como Gary Lineker y Brian Eno. La carta, organizada por Patriotic Millionaires UK, defiende una idea simple: si un país necesita financiar servicios públicos, reducir desigualdad y reconstruir tejido social, no tiene sentido cargar siempre el coste sobre quienes menos margen tienen.
La propuesta incluye un impuesto del 2% a la riqueza por encima de 10 millones de libras, que según sus impulsores podría recaudar 24.000 millones de libras al año. También plantean igualar la tributación de las ganancias de capital con la del trabajo, una reforma que podría aportar otros 12.000 millones de libras.
La fuerza política de la carta no está solo en los números. Está en quién lo dice. Son personas ricas reconociendo algo que demasiados gobiernos fingen no saber: acumular fortuna extrema no es un mérito individual desconectado del resto de la sociedad. Depende de infraestructuras, educación pública, trabajadores, estabilidad institucional, hospitales, transporte y comunidades que sostienen la economía.
Por eso pagar impuestos no debería presentarse como castigo. En sociedades rotas por la desigualdad, tributar más cuando se tiene mucho es una forma básica de responsabilidad democrática.
La derecha suele repetir que subir impuestos a los ricos los hará huir, dejar de invertir o castigar al país. Pero aquí hay millonarios diciendo lo contrario: no queremos escapar, queremos contribuir más.
Cuando hasta quienes tienen más dinero admiten que pueden pagar más, el problema ya no es económico. Es político. Y moral.