Jorge Macri
Jorge Macri volvió a abrir una discusión incómoda sobre las personas sin casa. Esta vez, el blanco fueron las iglesias que dan comida.
En videos difundidos en redes, el jefe de Gobierno porteño aparece diciendo: “Discuto mucho con la Iglesia por la gente de la calle, ellos le dan de comer pero afuera”. Algunas publicaciones vinculadas al episodio señalan que su crítica apunta a que esa asistencia puede generar “dependencia”.
El problema no es debatir políticas públicas. Claro que una ciudad necesita algo más que viandas: necesita vivienda, salud mental, trabajo, documentación, duchas, abrigo, acompañamiento y dispositivos de salida reales. Pero criticar a quien da un plato caliente mientras la gente duerme en la calle invierte la responsabilidad.
El hambre no se resuelve culpando a quien reparte comida.
Buenos Aires atraviesa una crisis visible de personas sin techo. Según datos oficiales citados por El País, a fines de 2025 había 5.176 personas sin hogar en la ciudad, un aumento del 57% en dos años. Un censo popular de organizaciones sociales elevó la cifra a 11.892 personas.
Ahí está el punto. Cuando una parroquia, una organización o una red vecinal entrega comida, no está creando pobreza. Está intentando que alguien sobreviva una noche más.
La dependencia real no nace de una sopa. Nace de alquileres imposibles, salarios que no alcanzan, salud mental abandonada, empleos rotos y políticas sociales insuficientes.
Una ciudad rica no debería discutir si una iglesia puede alimentar a una persona sin casa. Debería preguntarse por qué esa persona necesita hacer fila para comer.
El plato caliente no es el problema.
El problema es una política que mira el hambre y se molesta con quien la ve demasiado de cerca.