El Mundo
Un niño se negó a darle la mano al presidente de Chile, José Antonio Kast, durante una actividad oficial en Villarrica. La escena pudo haber terminado ahí. Un menor no quiso saludar. Nada más. Pero el episodio escaló hasta convertirse en un símbolo de poder mal usado.
Kast estaba en el Centro Cultural Liquén, en una ceremonia de entrega de títulos de dominio a familias mapuche. Al acercarse a saludar, el niño no respondió al gesto. Según El País, el presidente le habló en tono admonitorio y luego discutió con su madre, crítica de su gestión.
El Mostrador recogió que Kast volvió a dirigirse al menor y cerró una intervención con la frase “que su mamá no lo use”, lo que provocó más reproches de la mujer y de otros presentes.
Después llegó el dato que exige precisión. La mujer fue controlada por Carabineros tras el incidente y detenida porque mantenía órdenes de detención vigentes por estafa. T13 remarcó que el arresto no se produjo por la discusión con el mandatario, sino por esas órdenes judiciales pendientes.
Aun con ese matiz, la imagen política queda. Un presidente discutiendo con una madre, dirigiéndose a un niño y convirtiendo un saludo negado en un momento de tensión pública.
La autoridad no se demuestra imponiéndole cortesía a un menor. Se demuestra sabiendo cuándo bajar el tono.
Un niño no debería quedar atrapado en una disputa entre poder y ciudadanía. Menos todavía en una ceremonia pública, con cámaras, escoltas y policías alrededor.
La democracia también se mide en gestos pequeños. En cómo responde quien manda cuando alguien no lo aplaude. En si el poder tolera el rechazo sin convertirlo en escarmiento.
A veces una mano no estrechada dice poco.
La reacción del poder dice mucho más.