Imagen generada con IA.
La Administración Trump planea gastar entre 10 y 20 millones de dólares en unos guantes capaces de aplicar descargas eléctricas para que agentes de ICE los utilicen durante operativos migratorios. El dispositivo se llama G.L.O.V.E. —Generated Low Output Voltage Emitter— y está pensado para provocar dolor mediante contacto directo sobre la piel. La agencia lo presenta como una herramienta de “distracción” y “desescalada”, pero el debate real va por otro lado: la crueldad se tecnifica.
No estamos hablando de una frontera militar ni de un escenario bélico. Estamos hablando de control migratorio civil. Aun así, la respuesta elegida es sumar otra tecnología de dolor a una estructura que ya opera con redadas, centros de detención, vigilancia y miedo. Tom Homan, zar fronterizo de Trump, defendió los guantes diciendo que servirían para evitar recurrir directamente a la fuerza letal. Pero entre la palabra y la práctica aparece algo inquietante: el cuerpo migrante sobra cuando el Estado decide gestionarlo como amenaza.
La polémica no es abstracta. La agencia Associated Press recoge críticas de organizaciones civiles, juristas y cargos públicos que advierten del riesgo de abuso, especialmente contra personas vulnerables como ancianos, embarazadas o menores. También recuerda que ya existe al menos una demanda donde se alega que el uso repetido de estos guantes, combinado con descargas de táser, contribuyó a la muerte de un hombre en una cárcel de Kentucky.
Por eso la frontera se electrifica de una manera que trasciende el objeto. No es solo un guante. Es una filosofía de gobierno. Una política que, en vez de preguntarse por las causas de la migración, invierte millones en perfeccionar cómo inmovilizar, reducir y castigar a quien ya está en situación de vulnerabilidad.
El detalle más revelador quizá sea otro: estos guantes están diseñados para causar dolor sin dejar marcas visibles, según sus críticos. Ahí el poder busca silencio. No solo quiere someter. También quiere que la violencia se vea menos.
Trump vuelve a hacer lo que mejor entiende: convertir el sufrimiento ajeno en presupuesto público.
Y llamar seguridad a eso.