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La Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) lleva años advirtiendo de algo que los grandes supermercados no quieren que aparezca en las etiquetas: el modelo agroindustrial dominante en España está contaminando acuíferos, empobreciendo suelos y enfermando a los propios agricultores que lo sostienen.
El uso masivo de pesticidas y herbicidas en la agricultura intensiva tiene consecuencias documentadas: residuos en el agua subterránea que superan los límites legales en varias cuencas hidrográficas españolas, pérdida acelerada de polinizadores —abejas y mariposas que son imprescindibles para el 75% de los cultivos alimentarios del mundo— y una incidencia de enfermedades crónicas entre agricultores significativamente superior a la media de la población.
La alternativa no es volver al siglo XIX. Es la transición agroecológica: un modelo que mantiene la productividad combinando técnicas tradicionales con innovación, que prescinde de los químicos más dañinos, que recupera la diversidad de semillas y que trata el suelo como el recurso no renovable que es.
En España, la superficie de agricultura ecológica ha crecido en los últimos años, pero sigue siendo minoritaria. El principal obstáculo no es técnico: es económico. Los productos ecológicos son más caros porque externalizan menos costes hacia la sociedad y el medio ambiente, no porque sean intrínsecamente más caros de producir. Una fiscalidad que gravara los costes ambientales del modelo convencional cambiaría el juego por completo.
Apoyar la agroecología es votar, con el carrito de la compra, por un modelo que cuide la tierra en lugar de agotarla.