Una de las primeras decisiones internacionales del Gobierno de Abelardo de la Espriella fue mirar hacia África y cambiar de bando.
Colombia anunció que reconoce la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental y retiró el reconocimiento que había restablecido en 2022 a la República Árabe Saharaui Democrática. El giro fue comunicado durante una reunión con el canciller marroquí Nasser Bourita apenas horas después de la posesión presidencial. Bogotá y Rabat vincularon la nueva etapa también a oportunidades comerciales.
Pero el pueblo sigue pendiente.
La posición colombiana no cambia el estatuto internacional del territorio. El Sáhara Occidental continúa incluido por Naciones Unidas en su lista de territorios no autónomos y el proceso de descolonización permanece sin resolver. En junio de 2026, el Comité Especial de Descolonización volvió a tratar específicamente su derecho a la autodeterminación.
Marruecos controla gran parte del territorio y propone autonomía bajo soberanía marroquí. El Frente Polisario reclama el derecho de la población saharaui a decidir, incluida la opción independentista.
El nuevo Gobierno colombiano ha escogido respaldar directamente la tesis de Rabat.
Y la geopolítica deja huellas.
Donald Trump reconoció durante su primer mandato la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental dentro del acuerdo mediante el cual Marruecos normalizó relaciones con Israel. Esa arquitectura diplomática volvió a cobrar fuerza con Trump nuevamente en Washington y una relación especialmente estrecha entre Rabat, Estados Unidos e Israel.
De la Espriella también acaba de restaurar la alianza colombiana con Israel y reforzar el vínculo con Estados Unidos. El movimiento hacia Marruecos encaja, por tanto, en un realineamiento regional más amplio, aunque eso no demuestra que Washington haya ordenado la decisión.
Los Estados pueden cambiar de política exterior.
Pero la autodeterminación no caduca porque un nuevo presidente cambie de aliados.
El Sáhara Occidental lleva medio siglo esperando una respuesta.
Reconocer la soberanía de quien controla el territorio no resuelve esa espera. Simplemente decide quién deja de ser escuchado.