En una fábrica textil de India, decenas de trabajadoras cosen con una cámara sujeta a la frente. No es vigilancia laboral al uso: es la nueva materia prima de la inteligencia artificial. Cada uno de sus movimientos —el gesto de enhebrar una aguja, el ángulo con el que doblan una tela— se convierte en «datos egocéntricos» que empresas como EgoLab, proveedora de clientes como Tesla, venden después a gigantes tecnológicos para entrenar robots humanoides. Por captar ese conocimiento acumulado durante años de oficio, algunas de estas trabajadoras cobran apenas 200 dólares al mes, sin compensación adicional por el uso que se hará de sus grabaciones.
Ninguna de ellas ha firmado un consentimiento claro sobre a dónde va a parar ese material ni quién se beneficiará de él. Expertos en privacidad y derecho laboral llevan meses advirtiendo de que este tipo de recolección de datos opera en una zona gris: no hay marco legal específico que regule qué ocurre cuando el propio cuerpo de una trabajadora se convierte en el manual de instrucciones de la máquina que, previsiblemente, terminará por reemplazarla.
Es fácil hablar de la inteligencia artificial como un fenómeno abstracto, hecho de algoritmos y centros de datos. Pero detrás de cada robot que aprende a coser o a doblar ropa hay una persona real que ha cedido —sin saberlo del todo— el conocimiento de su oficio para financiar su propia sustitución. Lalita, costurera en Delhi, lo resume en una pregunta que ninguna empresa tecnológica ha respondido todavía: «¿quién nos pagará cuando nos sustituyan los robots?«.
La respuesta, de momento, es nadie. El valor que generan estas trabajadoras no vuelve a ellas en forma de salario, ni de derechos, ni de garantías sobre su futuro laboral. Vuelve, eso sí, a las cuentas de resultados de las empresas que comercializan sus movimientos como si fueran un recurso natural más.
Que el proceso de automatización se financie con el trabajo mal pagado de quienes están a punto de perder su empleo no es un efecto colateral: es el modelo de negocio. Y mientras no exista una regulación que reparta ese valor de forma justa, la inteligencia artificial seguirá construyéndose sobre la misma desigualdad que promete resolver.





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