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En Alemania, hablar de extrema derecha nunca es una discusión cualquiera: es tocar la herida del nazismo, el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. Por eso el crecimiento de Alternativa para Alemania, conocida como AfD, preocupa mucho más allá de sus resultados electorales.
AfD nació en 2013 como un partido euroescéptico, pero con los años se desplazó hacia posiciones de nacionalismo alemán, rechazo a la inmigración y discursos cada vez más duros contra minorías. La Enciclopedia Britannica la define hoy como un partido alemán de extrema derecha, fundado en 2013, que pasó del euroescepticismo a una plataforma basada en nacionalismo e islamofobia.
El caso más simbólico es el de Björn Höcke, dirigente de AfD en Turingia. En 2024, un tribunal alemán lo condenó a pagar una multa por usar conscientemente la frase “Todo por Alemania”, un lema asociado a las SA nazis y prohibido por la legislación alemana. Höcke alegó que era una expresión cotidiana, pero el tribunal consideró probado que conocía su origen.
La preocupación no procede solo de rivales políticos. En 2025, la Oficina Federal para la Protección de la Constitución, el servicio de inteligencia interior alemán, clasificó a AfD como organización extremista de derecha, aunque esa calificación quedó después suspendida de forma cautelar mientras se resuelve el proceso judicial.
La cuestión no es afirmar que la extrema derecha actual copie exactamente al régimen nazi. La advertencia es otra: algunos partidos europeos recuperan viejos mecanismos de odio con palabras nuevas. Cambian los uniformes por campañas digitales, los símbolos por eslóganes y la violencia explícita por discursos de miedo contra migrantes, musulmanes, feministas o minorías.
La democracia europea no se defiende solo votando cada cuatro años. También se defiende recordando que el fascismo no empezó con campos de exterminio, sino normalizando la deshumanización. La memoria histórica no es pasado: es una alarma para el presente.