El Mundial no solo se juega en el campo. También se juega en redes, platós y directos donde algunos necesitan fabricar enemigos para vender minutos, clips y visitas. Una final entre España y Argentina debería ser una fiesta futbolera; sin embargo, parte del ecosistema digital intenta convertirla en guerra cultural: insultos, burlas nacionales, provocaciones y rivalidades que muchas veces ni siquiera existen fuera del algoritmo.
El odio funciona porque da rendimiento. Un streamer enfadado retiene más que un análisis sereno. Un programa que grita sube más rápido que uno que explica. Un tuit incendiario viaja mejor que una frase justa. Y el Mundial, por su carga emocional, es terreno perfecto para instalar bandos falsos: “ellos nos odian”, “nos quieren robar”, “son sucios”, “son soberbios”, “hay que humillarlos”.
En medio de ese ruido, Luis de la Fuente respondió desde otro lugar. Habló de “admiración” por Argentina, de “reconocimiento” hacia una selección campeona de América, campeona del mundo y finalista otra vez. También recordó su relación con Lionel Scaloni, a quien considera un amigo y un competidor admirable. No negó la rivalidad deportiva; la ubicó donde corresponde.
Ese matiz es importante. Competir no exige odiar. Querer ganar no obliga a deshumanizar al rival. Un partido puede ser intenso, discutido, emocional y feroz sin convertirse en una fábrica de desprecio. El único enfrentamiento legítimo es futbolístico: once contra once, ideas contra ideas, presión contra talento, estrategia contra estrategia.
De la Fuente no hizo un discurso ingenuo. Hizo algo más difícil: no alimentar el negocio del odio cuando todos esperaban una frase inflamable. En tiempos de polarización rentable, decir “admiración” parece casi subversivo.