Mariano Rajoy escribió sobre la selección francesa diciendo que tenía “un altísimo nivel, eso sí, sin franceses”. La frase no cayó como una simple broma porque toca una herida muy conocida: la costumbre de negar la pertenencia a jugadores negros, árabes o hijos de migrantes cuando no encajan en la fantasía blanca de nación.
Borja Iglesias respondió mejor que muchos discursos oficiales. No hizo una pose grandilocuente ni entró en el insulto fácil. Dijo que le sorprendía que “a estas alturas” siguiéramos con estas cosas y puso el foco donde debía: en la multiculturalidad como riqueza.
Ese es el punto importante. Borja no defendió una Francia ideal, sin racismo ni contradicciones. Francia, como España y como gran parte de Europa, tiene racismo institucional, barrios abandonados, islamofobia, controles policiales selectivos y una doble vara brutal con los hijos de la migración. Muchas veces los celebra cuando ganan y los señala cuando protestan.
Pero precisamente por eso su respuesta importa. Porque la multiculturalidad no es un decorado bonito para levantar copas. Es la realidad social de nuestros países. Está en los vestuarios, en las escuelas, en los barrios, en las familias, en los trabajos y en las selecciones. Negarla es intentar borrar a millones de personas.
Cuando alguien dice que Francia juega “sin franceses”, no está hablando realmente de fútbol. Está diciendo quién le parece legítimo y quién no. Está marcando una frontera racial disfrazada de comentario deportivo. Y eso hay que nombrarlo.
Borja eligió una respuesta sencilla: cada uno viene de un sitio, cada uno es de una manera, y esa variedad es riqueza. Esa idea, dicha desde un vestuario de élite, tiene más fuerza de la que parece. Porque recuerda que el fútbol puede ser escaparate de una sociedad real, no de una postal fabricada.
La selección francesa no es menos Francia por ser multicultural. España tampoco será menos España por tener a Lamine Yamal, Nico Williams o familias con raíces distintas. Al contrario: los países vivos no se empobrecen cuando se mezclan. Se empobrecen cuando el racismo decide quién merece pertenecer.