Alberto Núñez Feijóo aprovechó la final del Mundial entre España y Argentina para convertir una camiseta compartida en una frontera política. En Santiago de Compostela, dijo que “aquí todos queremos que gane España en el fútbol y en todo”, pero añadió que “no todos pueden decir lo mismo”. Después acusó a partidos con poder de decisión en el Gobierno de querer que España pierda.
La jugada es vieja: ponerse la bandera en exclusiva y dejar al resto bajo sospecha. Si apoyas a la selección, eres de los míos. Si no comulgas conmigo, entonces quizá quieres que pierda España. La camiseta deja de ser una alegría popular y se convierte en carné de pertenencia.
Feijóo también usó a la selección como metáfora de su partido: equipo, valores, humildad, trabajo duro, orgullo. El problema no es elogiar a un grupo que compite bien. El problema es sugerir que solo una parte política representa de verdad a España. Ahí el fútbol deja de unir y empieza a funcionar como propaganda.
España no es el PP. Tampoco es el PSOE, ni Sumar, ni Vox, ni ningún partido. España es mucho más desordenada, plural y contradictoria que cualquier sigla. Es la gente que vota distinto, la que no vota, la que anima a la selección, la que no mira fútbol, la que nació aquí, la que llegó después, la que habla varias lenguas, la que no cabe en un mitin.
Decir “somos el partido de España” no une: reduce. Convierte un país entero en propiedad simbólica de una organización. Y eso, en democracia, es peligroso. Porque cuando un partido se declara dueño de la patria, quien discrepa pasa a parecer antipatriota.
Una selección puede ser de todos porque no pide papeleta antes de emocionar. Un país democrático también debería funcionar así: nadie tendría que demostrar amor a España votando al partido correcto.
La final debería ser fútbol. No una excusa para repartir certificados de españolidad.