Javier Milei estaba hablando de las elecciones de 2027 cuando decidió convertir una derrota política en una metáfora extrema.
«Si no ganamos», afirmó, sería porque “como sociedad estamos decidiendo suicidarnos”. La frase llegó durante el encuentro Vientos de Cambio, donde defendió la continuidad de su programa económico y presentó los próximos comicios como una elección entre su proyecto y la decadencia.
Pero en Argentina la palabra suicidio tiene ahora un contexto que trasciende cualquier recurso retórico.
Durante 2025 se registraron 5.209 suicidios consumados, frente a 4.249 en 2024: un aumento del 22,6%. La tasa pasó de 9,7 a 11,8 cada 100.000 habitantes mayores de cinco años, el valor más alto de la serie comparable del Sistema Nacional de Información Criminal entre 2016 y 2025.
Eso no permite responsabilizar al Gobierno de cada una de esas muertes. El suicidio es un fenómeno multicausal y cualquier explicación sencilla sería irresponsable.
Pero sí permite preguntar por la responsabilidad presidencial al utilizar esa palabra.
El propio sistema sanitario considera los intentos de suicidio un problema creciente y prioritario de salud pública. Entre abril de 2023 y octubre de 2025 fueron notificados más de 22.000 episodios, con las tasas más altas entre adolescentes y jóvenes de 15 a 24 años.
Milei podía decir que una derrota sería desastrosa.
Podía hablar de retroceso, fracaso o crisis.
Eligió “suicidio”.
Y además planteó que serían los propios argentinos quienes decidirían hacérselo a sí mismos.
En política, las palabras son metáforas.
Para miles de familias argentinas, esta no lo es.





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