Durante años, el 1,5°C fue la línea roja que la comunidad internacional se comprometió a no cruzar en el Acuerdo de París. El último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), publicado el 2 de septiembre, da por hecho que esa línea ya se cruzará «en los próximos años». La pregunta que queda por responder ya no es si ocurrirá, sino cuánto durará el desbordamiento.
El documento proyecta que el pico de temperatura global oscilará entre 1,8 y 2 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales, un fenómeno que los científicos denominan técnicamente «overshooting» o sobrepaso climático. La conclusión del informe es directa y sin matices diplomáticos: «una acción insuficiente» ha hecho inevitable rebasar el límite de seguridad, después de «décadas de advertencias científicas y compromisos» que no lograron frenar a tiempo las emisiones de gases de efecto invernadero.
El matiz crítico —porque incluso en el peor pronóstico hay uno— es que el informe no cierra la puerta a la reversión. Si la reducción de emisiones se acelera de forma drástica a partir de ahora, sostiene el PNUMA, es posible rebajar la temperatura una vez superado el pico, en un proceso a largo plazo que exigiría alcanzar emisiones netas cero e incluso desarrollar tecnologías capaces de extraer carbono de la atmósfera antes de que termine el siglo.
El giro político-social es el que de costumbre queda fuera de los titulares: quienes menos han contribuido a esta crisis —países empobrecidos, comunidades rurales, poblaciones costeras del sur global— son quienes antes y con más crudeza sufrirán ese sobrepaso térmico, mientras las economías que más emitieron siguen debatiendo plazos y excepciones. La brecha climática es, también, una brecha de clase y de renta a escala planetaria.
Que Naciones Unidas admita ya sin rodeos que el objetivo simbólico de la lucha climática se va a incumplir no es una rendición, pero sí una llamada de atención sobre el coste de las décadas perdidas en negociaciones tibias. La ventana para evitar el sobrepaso se cerró; la que queda para acortarlo depende de decisiones políticas que, hoy por hoy, siguen sin estar a la altura de la ciencia que las reclama.





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