Viernes, 4 de septiembre de 2026
Nacional · Sociedad

Manifestaciones en Madrid y otras ciudades plantan cara al discurso de odio contra los migrantes con el lema «Ningún ser humano es ilegal»

Foto: Cuenta X de SVTetuan.

Mientras la plaza de Cibeles se llenaba de gritos de «invasión», a pocos metros la Plaza de Callao ofrecía otra imagen de España. Cientos de personas se concentraron allí el pasado 2 de septiembre bajo el lema «Paremos los pies al racismo«, una convocatoria que se replicó el mismo día en otras quince capitales de provincia, entre ellas Burgos, Granada, Santander y Málaga. No fue una manifestación espontánea: la organizaron de forma coordinada colectivos sociales, sindicales y políticos hartos de ver cómo la crisis migratoria de Ceuta se convertía en excusa para el discurso de odio.

El diagnóstico de los convocantes fue tan duro con la ultraderecha como con el propio Gobierno: calificaron la gestión institucional de la crisis humanitaria como «tardía, desastrosa e insuficiente«. Yolanda, una de las asistentes, lo resumió con crudeza: la inacción del Estado dejó espacio para que el rencor se instalara en la conversación pública. Paolo, otro manifestante, denunció que quienes intentaron ayudar a los migrantes no encontraron respaldo institucional. Alejandro fue más allá y habló directamente de una gestión «insolidaria«.

En el escenario también hubo voces con megáfono político. La eurodiputada de Podemos Irene Montero condenó lo ocurrido como «terrorismo racista«, mientras el líder del PCE, Enrique Santiago, reclamó normalizar de una vez la situación de las personas migrantes en lugar de tratarlas como problema de orden público.

Lo llamativo es la desproporción mediática. A pocos metros, la concentración convocada nominalmente por la Federación Española de Municipios y Provincias reunió, según la Delegación del Gobierno, a 50.000 personas, y fue capitalizada sin disimulo por los líderes del PP y Vox. Los manifestantes de Callao no dudaron en calificar aquel acto de oportunista: una instrumentalización de una tragedia humanitaria con fines electorales, camuflada de indignación ciudadana neutral.

La dignidad, sin embargo, no se mide por el tamaño de la plaza. Que quince ciudades españolas salieran a la calle el mismo día para decir que ningún ser humano es ilegal demuestra que el relato del odio no es el único que representa a este país. Frente a la invasión imaginaria, la solidaridad real sigue teniendo quien la defienda.

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