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La historia a veces devuelve los símbolos con una precisión cruel. Donald Trump, el presidente que convirtió la fuerza en espectáculo, firmó en Versalles un acuerdo inicial con Irán. No lo hizo en una oficina neutra ni en una sala discreta. Lo hizo en el palacio que la memoria europea asocia al tratado que humilló a Alemania tras la Primera Guerra Mundial.
La comparación no es perfecta. Alemania fue derrotada e impuesta. Aquí hablamos de un acuerdo para frenar una guerra y abrir una negociación. Pero la imagen pesa. Según AP, Trump firmó una copia física del acuerdo durante una cena en Versalles, y el documento llegó en inglés y farsi, la lengua persa de Irán.
La ironía es evidente. Trump había vendido presión, amenaza y mano dura. Prometía doblegar a Teherán. Sin embargo, terminó rubricando un texto que Irán también puede presentar como victoria.
Reuters informó de que el memorándum establece un cese de operaciones militares, abre un plazo de 60 días para negociar un pacto definitivo y contempla que Estados Unidos levante el bloqueo naval sobre puertos iraníes. A cambio, Irán permitiría el paso comercial por el estrecho de Ormuz durante ese periodo.
The Guardian fue más lejos en su lectura política: el acuerdo muestra hasta qué punto Washington tuvo que retroceder respecto a exigencias anteriores. Irán mantiene margen para el enriquecimiento civil de uranio y tampoco debería desmontar su programa de misiles.
La paz siempre es mejor que la guerra. Eso no debería discutirse. Pero una cosa es celebrar que se abra una salida diplomática, y otra fingir que no hubo una derrota simbólica.
Trump intentará venderlo como genialidad negociadora. Sus seguidores hablarán de victoria. Pero la postal ya quedó fijada: el hombre que hizo política desde la amenaza, sentado en Versalles, firmando en persa un acuerdo que no pudo imponer.
La vida tiene sus vueltas e ironías. Y a veces la historia las escribe con tinta diplomática.