Vianney Carrera
El Mundial 2026 no solo mostrará estadios llenos, camisetas, turistas y cámaras internacionales. También está mostrando una pregunta incómoda: ¿qué hacen las ciudades anfitrionas con la pobreza cuando el mundo las mira?
En Nuevo León, México, medios locales denunciaron la instalación de muros, mallas verdes y lonas de bienvenida frente a colonias humildes de Monterrey y Guadalupe, en rutas que recorrerán visitantes durante el Mundial. La Jornada informó que esas estructuras fueron colocadas frente a viviendas de lámina y madera en avenidas como Constitución, Morones Prieto y Miguel de la Madrid, y que vecinos las calificaron como “muros de la vergüenza”.
El Financiero también recogió la polémica y señaló que el Gobierno de Nuevo León cubrió “zonas vulnerables” con bardas y lonas antes del Mundial 2026.
La imagen es brutal porque resume una lógica conocida: no resolver la pobreza, sino esconderla. No mejorar vivienda, transporte, iluminación o servicios públicos, sino maquillar el recorrido turístico para que la desigualdad no salga en la foto.
El problema no se limita a México. En Estados Unidos, varias ciudades anfitrionas del Mundial están bajo presión por el sinhogarismo. AP informó que algunas urbes intentan apostar por vivienda y no por arrestos, pero también señaló que muchas dependen de programas ya existentes y sin nueva financiación específica ligada al torneo. Reuters recordó el caso de Atlanta, que quiere evitar repetir la mala imagen de los Juegos Olímpicos de 1996, cuando miles de personas sin hogar fueron arrestadas, aunque organizaciones sociales siguen denunciando barridos de campamentos.
El fútbol puede ser fiesta popular. Pero cuando un megaevento sirve para desplazar, esconder o disciplinar a los pobres, deja de ser solo deporte: se convierte en escaparate.
La pregunta no es si una ciudad debe prepararse para recibir turistas. Claro que sí. La pregunta es por qué la preparación casi siempre empieza por tapar a quienes menos tienen.