Ahora la prioridad es apagar los incendios, proteger vidas, evacuar o confinar cuando sea necesario y apoyar a quienes están trabajando al límite en Madrid, Ávila y Cataluña. Las lecciones vendrán después, pero no para hacer discursos vacíos: tienen que servir para que no vuelva a ocurrir, o al menos para reducir el daño la próxima vez.
Porque el fuego no empieza solo con una chispa. También empieza con montes mal cuidados, prevención insuficiente, plantillas precarizadas y responsables políticos que niegan o minimizan el cambio climático mientras recortan recursos.
La crisis climática no inventa cada incendio, pero sí crea condiciones más peligrosas: olas de calor más intensas, sequedad, viento, vegetación inflamable y temporadas de riesgo cada vez más largas. Negarlo no apaga nada. Solo retrasa decisiones.
Y ahí entra la política. En Madrid, los bomberos ya habían advertido de que los trabajos preventivos se habían reducido a la mitad. También se publicó que el Gobierno de Ayuso dejó sin preparar contra el fuego el 36% de las hectáreas previstas antes de una de sus peores campañas antiincendios.
Luego, cuando arde todo, se habla de emergencia, de fatalidad o de “tormenta perfecta”. Pero prevenir también es gobernar. Y no se puede pedir heroísmo infinito a bomberos forestales mientras se les niega reconocimiento profesional, estabilidad, medios y presupuestos suficientes.
Madrid, Ávila y Cataluña muestran una lección incómoda: apagar es urgente, pero prevenir era obligatorio. Cuando pase el humo, no puede quedar en el olvido. Porque si cada incendio se trata como inevitable, nadie responde por lo evitable.