Foto: Andrew Harnik/Getty/AFP
Donald Trump volvió a cargar contra España. Esta vez la llamó “a horror show” y “terrible” por no acompañar su ofensiva contra Irán, en declaraciones realizadas junto al secretario general de la OTAN, Mark Rutte. La frase no fue un exabrupto aislado: llegó en medio de las críticas de Washington a los aliados que no se alinearon con su estrategia militar.
La escena resume una vieja lógica imperial: cuando un país no aplaude una guerra, se lo trata como problema. No importa si la decisión responde a prudencia diplomática, rechazo social o defensa de una política exterior propia. Para Trump, la lealtad parece medirse en obediencia.
España puede tener muchas contradicciones. Pero negarse a seguir una escalada bélica no convierte a un país en un “show de terror”. Más bien abre una pregunta incómoda: ¿quién decide cuándo una guerra es inevitable? ¿Los parlamentos, la ciudadanía, el derecho internacional o un presidente que exige aplausos?
La crítica de Trump también llega en un momento en que el gasto militar vuelve a crecer y la OTAN presiona a sus miembros para aumentar la inversión en defensa. Pero cada subida de armamento compite con necesidades reales: vivienda, salud, educación, ciencia, cuidados y transición ecológica.
El problema no es defenderse. El problema es normalizar que la política internacional funcione como una fila de obediencia. Quien duda, traiciona. Quien no bombardea, estorba. Quien pide prudencia, queda señalado.
La paz no puede depender del humor de un líder. Tampoco la soberanía de un país puede reducirse a quedar bien en una rueda de prensa en Washington.
Si hay horror, no está precisamente en quien se niega a seguir una guerra. Está en tratar la guerra como prueba de fidelidad.