La Capital
El video de Messi hablando de su abuela vuelve a recordar algo que el fútbol negocio suele olvidar: antes del contrato, la marca y los millones, hubo una mujer llevando chicos al club del barrio.
Messi no nació en una vidriera global. Empezó en Abanderado Grandoli, en Rosario. AP reconstruyó esa historia: en 1992, su abuela Celia llevó al pequeño Lionel, de cinco años, a ver jugar a su hermano y empujó para que lo dejaran entrar a la cancha. Ahí empezó una vida que después movería fortunas.
La discusión sobre las Sociedades Anónimas Deportivas vuelve importante esa escena. El DNU de Javier Milei habilitó que las entidades deportivas puedan adoptar la figura de SAD; a diferencia de las asociaciones civiles sin fines de lucro, las SAD buscan beneficios y ganancias privadas.
El problema no es negar que el fútbol profesional necesita inversión. Barcelona apostó por Messi cuando era adolescente y le ofreció un camino que Argentina no pudo sostener, incluso con su tratamiento médico. Pero Messi no apareció de la nada. Antes hubo un club, una abuela, un potrero, una comunidad y adultos que abrían la puerta.
Además, Barcelona no es exactamente el ejemplo de “dueño privado” que muchos imaginan. El propio club defiende su modelo como una institución propiedad de sus socios, independiente y arraigada a su ciudad.
Ahí está el punto. Los clubes de barrio no son solo semilleros de cracks. Son gimnasios de democracia cotidiana. Vecinos que discuten una cuota. Madres que organizan una rifa. Pibes que aprenden a perder sin ser descartados. Abuelos que pasan la tarde. Socios que votan. Barrios que se reconocen.
Nos quejamos de que “todos roban”, pero muchas veces dejamos vacíos los espacios donde se aprende a participar. La democracia no empieza en un despacho. Empieza cuando alguien se compromete con lo común.
No todo puede medirse por rendimiento. El ser humano no nació para servir al mercado. Es el mercado el que después se sube a vínculos humanos que otros construyeron desde abajo.
Sin clubes de barrio, quizá no habría Messi. Y sin ese tejido humilde, el negocio tampoco tendría héroes que vender.