Alejandro Eder llegó a recorrer sectores de Cali golpeados por el terremoto del 10 de agosto y se encontró con algo más que edificios dañados. Un grupo de vecinos comenzó a gritarle “aquí no te queremos” y “fuera”. Mientras su equipo de seguridad lo retiraba del lugar, una piedra alcanzó al alcalde en la cabeza. Las autoridades investigan quién realizó el lanzamiento.
Pero la bronca venía antes.
No hay pruebas suficientes para afirmar que los vecinos atacaran a Eder específicamente por una supuesta demora en la atención del terremoto. De hecho, durante la emergencia la Alcaldía habilitó albergues, centros de acopio y desplegó equipos municipales.
Lo que sí está documentado es un rechazo político previo mucho más profundo.
En mayo, una encuesta de AtlasIntel para El País situaba la desaprobación de Eder en el 63,4%. Meses antes había alcanzado el 70,2%. Entre las principales preocupaciones ciudadanas aparecían seguridad, salud, educación, movilidad y empleo. Concejales caleños habían señalado además como uno de los problemas de la Administración su escasa “capacidad de escucha”.
Y el malestar llegó lejos: desde enero de 2025 existe formalmente inscrita ante la Registraduría una iniciativa ciudadana para intentar revocar su mandato.
El terremoto no creó ese conflicto.
La tragedia lo expuso.
Cuando una autoridad llega a un barrio destruido después de años acumulando una desaprobación superior al 60%, la visita institucional puede convertirse rápidamente en el lugar donde explota todo el resentimiento anterior.
Eso no justifica lanzar piedras.
La crítica política no necesita convertir a un alcalde en objetivo físico, especialmente durante una emergencia donde toda la capacidad institucional disponible debería estar concentrada en rescatar y proteger vidas.
Pero tampoco sirve reducir lo ocurrido a “unos violentos atacaron al alcalde” y terminar ahí.
Porque las piedras tienen contexto.
Cali llevaba mucho tiempo diciendo que una parte importante de la ciudad no se sentía escuchada. El terremoto hizo caer paredes.
Y durante unos segundos también hizo visible otra fractura: la que ya existía entre el poder municipal y muchos de sus vecinos.