Yessica Vela, Gabriella López y María Montoya no se conocen entre sí, pero comparten la misma experiencia este verano: quedarse sin sus medicamentos hormonales de un día para otro. Una nueva ola de desabastecimiento de fármacos como Lenzetto y Climodien está obligando a mujeres trans en toda España a cambiar de tratamiento sin margen de adaptación ni acompañamiento médico suficiente.
«Sentí que había vuelto años atrás. Me tenía que volver a afeitar todos los días», cuenta Gabriella López, describiendo el efecto físico casi inmediato de perder acceso a su hormonación habitual. María Montoya, por su parte, relata «cambios de humor, irritabilidad, inestabilidad» cuando tuvo que recurrir a una medicación distinta a la que su cuerpo ya había asimilado.
El Ministerio de Sanidad reconoce que se trata de un problema de fabricación a escala global, no de una decisión española, pero eso no alivia el impacto en quienes dependen de estos tratamientos para su bienestar físico y emocional cotidiano. La ginecóloga Rosa Almirall advierte de un «efecto cascada»: cuando un producto desaparece del mercado, la demanda se concentra en los pocos que quedan disponibles, y el problema se agrava en lugar de resolverse.
Lo que las tres mujeres denuncian no es solo la escasez en sí, sino la falta de previsión y de alternativas claras: cambios de tratamiento impuestos por la lógica del desabastecimiento, no por criterio médico, en un ámbito —la salud trans— que ya arrastra históricamente falta de recursos y de atención especializada.
«No somos conejillos de indias», resume el sentir de fondo de los testimonios recogidos. Cada interrupción de tratamiento hormonal tiene un coste físico y emocional real, y mientras la industria farmacéutica resuelve sus problemas de producción, son las personas trans quienes sostienen, una vez más, el peso de un sistema que no está pensado para ellas.





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