Francisca López Ruiz, Paquita, tiene 82 años, párkinson y el máximo grado de dependencia. Lleva casi tres décadas viviendo en el mismo piso de La Latina, en Madrid, junto a su hijo. El desahucio previsto contra ella fue suspendido cautelarmente, pero el caso ya muestra algo brutal: una mujer mayor puede tener toda su vida en un barrio y aun así ser tratada como un obstáculo inmobiliario.
Paquita no dejó de pagar por capricho. Según los medios que han seguido el caso, la familia venía abonando el alquiler y el conflicto comenzó cuando los propietarios decidieron no renovar el contrato. La asociación vecinal La Chispera denuncia que el edificio está lleno de viviendas turísticas y que el intento de echarla forma parte de esa transformación del centro de Madrid.
El problema no es solo una casa. Es una ciudad donde el hogar estable pierde frente al alquiler por noches. Donde una vecina con dependencia, memoria, relaciones y rutinas puede valer menos que una rentabilidad mayor. Donde el barrio se queda sin habitantes y se llena de maletas.
La suspensión del desahucio fue una victoria provisional de la presión vecinal. Pero Paquita sigue necesitando una alternativa real, cercana, digna. A los 82 años, con párkinson, no se puede pedir a alguien que “se busque la vida” como si cambiar de barrio fuera cambiar de chaqueta.
Cuando una ciudad expulsa a sus mayores para hacer sitio al turismo, no se moderniza: se vacía por dentro.