Producir energía renovable no resuelve por sí solo la transición energética.
También hay que guardarla para cuando el sol desaparece o el viento deja de soplar.
Por eso las baterías se han convertido en una de las grandes carreras científicas del momento.
Un equipo internacional ha presentado ahora una nueva química basada en litio y disulfuro de dicloro, diseñada para superar varios límites tradicionales de las baterías de litio-azufre. El estudio fue publicado este septiembre en Nature Energy.
El azufre resulta atractivo porque es abundante y puede almacenar mucha energía, pero estas baterías suelen trabajar con voltajes inferiores a las de ion-litio y degradarse debido a reacciones químicas internas.
La nueva estrategia utiliza cloro para modificar la reacción del azufre.
En las pruebas, elevó el voltaje medio de 2,05 a 2,54 voltios, incrementó un 58% la capacidad específica del azufre y superó los 1.700 Wh/kg a nivel del electrodo. Los investigadores demostraron más de cien ciclos.
Son cifras prometedoras.
Pero cien ciclos están muy lejos de lo que exige una batería comercial destinada a funcionar durante años.
Además, un resultado medido en materiales o electrodos no equivale directamente a la densidad energética de una batería completa.
Todavía queda camino.
Pero cada mejora en almacenamiento responde a una necesidad muy concreta:
una red basada en renovables debe poder mover electricidad del momento en que sobra al momento en que hace falta.
La energía limpia no solo necesita generadores.
Necesita memoria.





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