En 2021 salió a la luz un documento interno incómodo para una de las mayores compañías alimentarias del planeta.
Una presentación distribuida entre altos directivos de Nestlé reconocía que más del 60% de su cartera convencional de alimentos y bebidas evaluada no alcanzaba una “definición reconocida de saludable”. Investing.com
La cifra necesita contexto.
El análisis no incluía todo lo que comercializaba Nestlé: dejaba fuera áreas como alimentación para mascotas, nutrición médica especializada y otros productos. Dentro del universo analizado, solamente el 37% de los alimentos y bebidas por ventas superaba 3,5 estrellas en el sistema nutricional australiano que la empresa utilizaba como referencia. El País
En bebidas —sin contar café puro—, un 96% no alcanzaba ese nivel. En confitería y helados, lo hacía el 99%. Nestlé respondió entonces que llevaba años reformulando productos, reduciendo azúcar, sal y grasas y que una dieta equilibrada puede incluir alimentos de consumo ocasional. El País
La noticia importante no es que un chocolate no sea una ensalada.
Eso ya lo sabemos.
Lo importante es preguntarnos qué responsabilidad tiene una empresa cuando posee información nutricional sofisticada, enormes presupuestos publicitarios y capacidad para decidir qué productos ocupan los estantes de medio mundo.
Porque la alimentación no depende únicamente de elecciones individuales.
Depende también del precio, del tiempo disponible para cocinar, de qué productos encontramos cerca de casa y de qué alimentos reciben millones en publicidad.
Pedir decisiones responsables a los consumidores es razonable.
Pero una alimentación saludable no puede depender solamente de que cada familia descifre etiquetas mientras compite contra departamentos enteros de marketing.





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