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No basta culpar a Vox: el egoísmo también vota para cerrar la puerta al que viene detrás
Un mexicano residente en España se hizo viral al anunciar que votará a Vox porque, según él, hay demasiadas bandas, inmigración y ruido. En el mismo vídeo explica que tampoco quiere regresar a México porque gobierna Claudia Sheinbaum, a quien despacha con un insulto contra “la zurda”.
La contradicción es evidente. Él pudo migrar, instalarse en otro país y buscar allí una vida mejor. Ahora pretende apoyar a una fuerza que quiere restringir derechos y oportunidades para quienes recorran después el mismo camino.
No todo puede explicarse diciendo que la ultraderecha manipula todo. Las personas también deciden. Existe propaganda, miedo y desinformación, pero también existe responsabilidad individual. Hay trabajadores precarios que comparten lo poco que tienen y otros que, en cuanto consiguen cierta estabilidad, prefieren cerrar la puerta detrás.
Ser pobre no convierte automáticamente a nadie en solidario. Tampoco ser migrante garantiza empatía hacia otros migrantes. La experiencia del sufrimiento puede producir conciencia colectiva, pero también alimentar pequeño egoísmo: “yo ya entré; ahora que no entre nadie más”.
Estados Unidos mostró hasta dónde puede llegar esa contradicción. Millones de latinos apoyaron a Donald Trump pese a su discurso migratorio. Después llegaron redadas, detenciones y deportaciones que alcanzaron a las mismas comunidades donde había conseguido votos.
No todos esos votantes fueron engañados. Algunos escucharon las promesas de mano dura y las votaron conscientemente porque imaginaban que la dureza caería sobre otros.
Ese es uno de los combustibles más incómodos de la ultraderecha: no solamente el miedo, sino la aspiración a formar parte del grupo protegido mientras otro queda debajo.
El pensamiento crítico empieza cuando comprendemos que los derechos son colectivos. Sanidad, trabajo, vivienda, pensiones o protección migratoria dejan de existir como derechos cuando cada persona acepta conservarlos solo para sí.
El poder dominante necesita división. Pero la división también requiere personas dispuestas a comprarla.
La solidaridad también se elige.
Y el egoísmo, cuando entra en una urna, deja de ser solamente un defecto privado: puede convertirse en política para millones.