Martes, 29 de septiembre de 2026
Internacional · Sociedad

Quienes construyen los sistemas evitan los productos que sus empresas venden

Imagen generada con IA.

Steve Jobs limitaba la tecnología a sus hijos.

Bill Gates retrasó hasta los 14 años el primer móvil de los suyos y estableció horarios sin pantallas.

Mark Zuckerberg cubría físicamente la cámara y el micrófono de un portátil.

Un antiguo presidente de Coca-Cola utilizó lo aprendido en la industria de bebidas para intentar que las zanahorias compitieran con los snacks.

Y una presentación interna de Nestlé reconoció que buena parte de la cartera convencional que había analizado no alcanzaba una referencia reconocida de alimentación saludable.

Juntas, estas historias construyen una narrativa tentadora:

“Ellos saben lo que sus productos nos hacen y por eso no los consumen”.

Pero esa conclusión va demasiado lejos.

Jobs utilizaba tecnología. Gates también. Zuckerberg sigue dirigiendo una compañía tecnológica. Jeff Dunn no abandonó toda la industria alimentaria para convertirse en agricultor artesanal.

Lo que estos ejemplos sí permiten decir es algo más importante.

Quienes conocen profundamente un sistema suelen conocer también sus límites, incentivos y riesgos.

La Academia Estadounidense de Pediatría describe hoy el ecosistema digital como un entorno donde existen decisiones de diseño destinadas expresamente a captar atención y moldear comportamiento, en parte porque numerosos modelos de negocio dependen del tiempo que permanecemos conectados. American Academy of Pediatrics

Lo mismo ocurre con el consumo.

Las empresas estudian colores, precios, ubicación, sabor, promociones, hábitos y respuestas psicológicas porque vender consiste precisamente en comprender qué mueve nuestras decisiones.

Eso no convierte al consumidor en una marioneta.

Pero tampoco es justo fingir que todas nuestras elecciones ocurren en un vacío.

Una persona puede elegir.

Una empresa multimillonaria puede diseñar el escenario en el que elegimos.

Por eso la respuesta no debería ser desconfiar de toda tecnología, comida procesada o empresa.

Debería ser exigir algo bastante más razonable:

transparencia, protección del consumidor, diseños menos manipulativos, educación y normas que permitan que cuidarse no dependa únicamente de saber tanto como quienes diseñaron el producto.

Porque la verdadera libertad de elección empieza cuando conocemos las reglas del juego.

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