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La Unión Europea prometió en 2021, dentro de su estrategia «De la granja a la mesa», eliminar progresivamente el uso de jaulas para animales de granja. En 2026, esa promesa sigue sin cumplirse. La Comisión Europea ha retrasado de nuevo la propuesta legislativa, y millones de gallinas, conejos, cerdas y terneros continúan pasando sus vidas en espacios donde apenas pueden moverse.
En España, el problema se agrava por otra tendencia: las granjas están aumentando el tamaño de las camadas de las cerdas para maximizar la producción. El resultado es una mayor mortalidad de lechones y un sufrimiento creciente para las madres, forzadas a amamantar un número de crías que supera sus capacidades físicas. La búsqueda de producción rápida tiene un precio. Lo pagan los animales.
Los animales son seres sintientes. No son máquinas de producir carne, huevos o leche. La ciencia lleva décadas documentando su capacidad para sentir dolor, miedo y estrés. Las leyes europeas reconocen ese principio en teoría. En la práctica, los intereses de la industria ganadera siguen pesando más que el bienestar de los animales.
La prohibición de las jaulas no es un capricho de activistas. Es el reconocimiento básico de que el sufrimiento innecesario es inaceptable, independientemente de la especie que lo padece. Europa tiene los medios y el conocimiento para acabar con esto. Pero hace falta, una vez más, voluntad política y concientización de la ciudadanía.