Imagen generada con IA
No fue una gira israelí completa, sino una presentación prevista en Tel Aviv. Y L-Gante decidió que no iba a hacerla.
El cantante argentino explicó que la contratación no había pasado por su revisión y que, cuando tuvo conocimiento del destino, pidió cancelarla. Afirmó estar en contra de “todo eso y de lo que han ocasionado” y recordó que anteriormente había participado en una manifestación en Madrid relacionada con Gaza.
La decisión importa porque el escenario también elige. Un concierto es entretenimiento, trabajo y negocio, pero también proyecta una imagen. Especialmente cuando quien sube al escenario tiene millones de seguidores y actúa en medio de una crisis política y humanitaria que divide al mundo.
L-Gante reconoció además que entre quienes esperaban verlo habría argentinos, latinoamericanos y otras personas sin responsabilidad alguna en las decisiones del Gobierno israelí. Aun así, sostuvo que, como figura pública, debía mantenerse firme y cuidar aquello que representa.
Eso permite separar dos cosas. Rechazar una actuación en Israel no significa responsabilizar colectivamente a la población israelí. Significa decidir que mirar hacia otro lado tampoco es siempre una posición neutral.
Durante décadas se ha repetido que los artistas deberían limitarse a cantar, actuar o jugar. Pero esa exigencia curiosamente suele aparecer cuando una celebridad cuestiona al poder, no cuando acepta contratos, fotografías institucionales o escenarios útiles para lavar normalidades incómodas.
L-Gante podía cobrar, cantar y marcharse.
Eligió no hacerlo.
Y esa decisión resulta especialmente significativa porque procede de un artista habitualmente observado desde el prejuicio de clase, como si la cumbia y los barrios populares estuvieran obligados a permanecer fuera de los grandes debates.
Esta vez la cultura toma posición sin necesitar un discurso universitario.
No hace falta convertir a un músico en diplomático ni exigir pureza política a cada cantante. Basta con reconocer algo más sencillo: cada persona decide dónde pone sus límites.
Porque cuando una tragedia alcanza determinadas dimensiones, el silencio también pesa.