El cine no tiene una bola de cristal. Los guionistas no conocen el futuro.
Pero algunas películas envejecen de una forma inquietante.
Mucho antes de la actual explosión de la inteligencia artificial, I, Robot ya imaginaba máquinas tomando decisiones por los humanos con el argumento de protegerlos. Blade Runner mostraba corporaciones gigantes, seres artificiales y una sociedad incapaz de distinguir dónde terminaba la máquina y empezaba la persona.
RoboCop imaginaba incluso empresas privadas acumulando poder sobre servicios públicos y seguridad.
Después llegaron otros futuros.
Ready Player One presentó una sociedad que prefería refugiarse en un mundo virtual porque la realidad se había vuelto demasiado hostil.
The Book of Eli, The Colony o The Midnight Sky imaginaron sociedades atravesadas por el colapso ambiental, la escasez y una pregunta profundamente desigual: cuando todo empieza a fallar, ¿quién puede escapar y quién tiene que quedarse?
Looper mostró que el avance tecnológico no elimina automáticamente la pobreza ni la violencia.
Y The Beast plantea algo todavía más cercano: un futuro donde la inteligencia artificial domina buena parte del trabajo y hasta las emociones humanas empiezan a parecer un obstáculo para ser eficientes.
¿Predijeron estas películas nuestro presente?
No.
Hicieron algo quizá más interesante.
Observaron su propia época con suficiente atención para comprender hacia dónde podían llevar determinadas tendencias.
La ciencia ficción toma nuestros miedos, desigualdades, tecnologías y formas de ejercer el poder y simplemente pregunta:
¿qué ocurre si seguimos así durante treinta años?
Por eso las distopías no deberían entenderse como profecías.
También pueden ser advertencias.
Y una advertencia contiene algo que una profecía no tiene: la posibilidad de cambiar de dirección.
Quizá el cine nunca intentó decirnos “esto es lo que va a pasar”.
Quizá llevaba décadas preguntándonos:
“¿De verdad queremos llegar hasta ahí?”





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