El Índice de Precios de Consumo repuntó en agosto hasta el 4,3%, según los primeros datos avanzados, empujado principalmente por la subida del precio de los carburantes. Es el nivel más alto de los últimos meses y llega justo cuando muchas familias cierran el verano con las cuentas más ajustadas de lo habitual.
El encarecimiento del combustible no se queda en el surtidor: se traslada al transporte de mercancías, y de ahí, con cierto retraso, a los precios de los alimentos y de casi cualquier producto que llegue a un supermercado. Es un mecanismo bien conocido y que golpea siempre con más fuerza a quien menos margen tiene para absorberlo.
Porque la inflación nunca es neutra: quien destina la mayor parte de su sueldo a necesidades básicas —vivienda, comida, transporte— nota cada décima de subida mucho más que quien tiene capacidad de ahorro. El repunte de agosto vuelve a poner sobre la mesa una desigualdad que los datos macroeconómicos generales rara vez reflejan.
El Gobierno y el Banco de España insisten en que se trata de un repunte puntual ligado a factores energéticos externos, pero para las familias que hacen la compra cada semana, la explicación técnica no cambia la cifra final del ticket. La inflación se mide en porcentajes; se vive en decisiones sobre qué producto queda fuera del carro.
Mientras se espera a ver si septiembre modera la tendencia, la pregunta que debería estar en el centro del debate no es solo cuánto sube el IPC, sino quién puede permitirse absorber esa subida y quién no. Ahí, y no en la media estadística, está la verdadera fotografía de esta inflación.





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