Fuente: El Diario.Es
Joaquín no busca venganza. Busca una identificación. Quiere saber quién fue el agente que, según la denuncia de su familia, golpeó a su hijo durante las celebraciones por el pase de España a la final del Mundial y le provocó una lesión irreversible: perdió un testículo.
El joven, de 21 años, estaba en las inmediaciones de Colón, en Madrid, tras la semifinal España-Francia. Según el relato de su padre, no participaba en disturbios ni en ninguna agresión. Celebraba con amigos. La familia sostiene que recibió un golpe directo con una defensa policial y que tuvo que ser operado de urgencia.
El caso es especialmente grave porque Ayuntamiento de Madrid y Delegación del Gobierno han negado, respectivamente, que se trate de un agente municipal o nacional. Mientras las instituciones se apartan, la familia intenta reconstruir los hechos, reunir vídeos y llevar el caso ante la Justicia para identificar al responsable.
No estamos hablando de una discusión sobre orden público en abstracto. Estamos hablando de un joven que salió a celebrar fútbol y volvió a casa mutilado. Una actuación policial puede ser necesaria en situaciones de riesgo, pero nunca puede convertirse en violencia impune contra cuerpos concretos.
La frase del padre duele porque resume lo ocurrido: “Nos rompieron la alegría”. Un país entero celebraba una victoria deportiva mientras una familia empezaba otro partido mucho más largo: el de probar quién golpeó, por qué, con qué autorización y bajo qué cadena de mando.
La democracia no se mide solo en las urnas. También se mide cuando una familia pobre o común puede pedir responsabilidades a un uniforme sin recibir silencio por respuesta.