Gianni Infantino vuelve a empujar al fútbol hacia el mercado puro. La FIFA plantea crear una filial comercial, FIFA Forward Enterprise, valorada inicialmente en unos 20.000 millones de dólares, para concentrar derechos de televisión, patrocinios, venta de entradas, licencias y operaciones de torneos. El plan permitiría vender hasta un 20% de esa entidad a inversores externos.
No es vender «la FIFA» entera, pero sí abrir una parte central de su negocio a fondos privados. Y ahí aparece el dato político: FIFA reconoce que Thrive Eternal, vinculada a Thrive Capital y fundada por Joshua Kushner, se perfila como líder del grupo inversor. Joshua es hermano de Jared Kushner, yerno de Donald Trump.
La FIFA defiende que mantendrá el control deportivo y que los inversores no tendrán mando sobre competiciones, calendario ni reglas. También promete una lluvia de dinero para las 211 federaciones nacionales. Pero la crítica de UEFA y de actores europeos va en otra dirección: si los derechos comerciales del Mundial entran en una lógica de rentabilidad financiera, el fútbol corre el riesgo de pertenecer cada vez menos a la gente y más a los fondos.
Infantino lleva años presentando cada expansión como «democratización». Más partidos, más torneos, más ingresos. Pero democratizar no es convertir el Mundial en producto financiero ni poner el corazón comercial del fútbol en manos de inversores con conexiones políticas.
El Mundial ya estaba demasiado cerca del poder: Trump en el palco, Trump entregando la copa, Trump junto a Infantino. Ahora, además, aparece el entorno Kushner como posible socio del negocio global.
El fútbol nació de clubes, barrios y comunidades. Infantino parece decidido a convertirlo en activo bursátil. Y cuando el juego se vende por partes, quienes primero pierden son los aficionados.