BBC
Más de 1.600 días después del inicio de la invasión rusa, el tejido social de Ucrania atraviesa una situación de fuerte desgaste, marcada por la guerra prolongada y el empobrecimiento de amplias capas de la población. La presión sobre la vida cotidiana es constante, con comunidades que han tenido que reorganizarse para sobrevivir en un contexto de incertidumbre permanente.
Uno de los elementos más significativos es el deterioro económico. El aumento de la pobreza ha obligado a muchas familias a depender de redes informales de apoyo, en un escenario donde los recursos estatales resultan insuficientes frente a la magnitud de la crisis. La guerra no solo ha destruido infraestructuras, sino también medios de vida, agravando la precariedad.
Frente a esta situación, ha cobrado protagonismo la llamada “solidaridad horizontal”, una red de ayuda directa entre ciudadanos que se ha convertido en clave para sostener el día a día. Estas iniciativas incluyen desde reparto de alimentos hasta apoyo a desplazados, y funcionan al margen —o como complemento— de las estructuras institucionales.
El impacto humano es masivo: millones de personas siguen necesitando asistencia, con más de 12 millones en situación de vulnerabilidad y millones de desplazados dentro y fuera del país.
A pesar del desgaste, estas redes muestran una capacidad de resistencia notable. El tejido social ucraniano no solo sufre la guerra, también se reorganiza desde abajo para sostener la vida, evidenciando tanto la profundidad de la crisis como la fuerza de la autoorganización colectiva.