Fuente EFE/ José Manuel Vidal
Mientras el termómetro escala y el riesgo de incendios forestales vuelve a dispararse en toda la Península, Greenpeace lanza una advertencia que no admite interpretaciones ambiguas: los fuegos que arrasan España cada verano no son desastres naturales inevitables. Son el resultado de décadas de mala gestión forestal, abandono rural, inversión insuficiente y decisiones políticas que priorizan apagar antes que prevenir.
La organización señala que en las zonas ya afectadas por incendios en lo que va de 2026 deberían estar aplicándose ahora mismo medidas de actuación temprana como diques cortafuegos y acolchados que estabilicen el suelo quemado. En muchos casos, no se están aplicando.
El problema estructural es conocido: España tiene millones de hectáreas de monte sin gestionar, con una acumulación de biomasa que se convierte en combustible en cuanto llega el calor. La despoblación rural ha dejado sin mantenimiento paisajes que durante siglos actuaron como cortafuegos naturales gracias al pastoreo y la agricultura de pequeña escala.
La solución no es solo más medios aéreos en verano. Es más inversión en el monte durante los otros once meses del año, más empleo rural verde, más planificación territorial y menos especulación urbanística en zonas de interfaz forestal.
Los incendios tienen nombre, apellidos y dirección. Se llaman negligencia, se apellidan recorte presupuestario y viven en las decisiones que se toman —o no se toman— en los despachos. El fuego no discrimina. La gestión política, sí.