El Economista
El rechazo a la inteligencia artificial en Estados Unidos ya no es solo un debate teórico: se ha convertido en una contestación social visible contra su infraestructura clave, los centros de datos. En universidades, actos públicos y comunidades locales, crece una oposición que une a ciudadanos de distintas ideologías. Durante recientes ceremonias de graduación, figuras del sector tecnológico fueron recibidas con abucheos al defender la IA como motor del futuro, reflejo de una inquietud generacional marcada por el miedo al desempleo, la crisis climática y la incertidumbre económica.
Ese malestar se traduce en datos contundentes: una mayoría de estadounidenses muestra más preocupación que entusiasmo por la IA, y cerca de siete de cada diez rechazan la instalación de centros de datos en sus comunidades. Estas instalaciones, esenciales para el desarrollo tecnológico, se han convertido en el símbolo físico de una transformación que muchos perciben como amenaza.
En todo el país, cientos de plataformas vecinales se han organizado para frenar nuevos proyectos. Las protestas se multiplican y han logrado paralizar inversiones millonarias. El argumento central va más allá del temor al futuro laboral: los centros de datos consumen enormes cantidades de energía y agua, tensionan las redes locales y ofrecen escaso retorno económico. Tras su construcción, generan pocos empleos estables y apenas dinamizan la economía del entorno.
La presión social ya tiene impacto político. Estados como Maine o Virginia estudian limitar su expansión, mientras crecen las propuestas para retirar incentivos fiscales o imponer moratorias. La oposición se ha vuelto transversal, dificultando que los representantes públicos defiendan estos proyectos sin coste electoral.
En los casos más extremos, la tensión ha derivado en amenazas e incluso episodios violentos contra responsables políticos. Paralelamente, proliferan discursos conspirativos que amplifican el rechazo.
Para los expertos, la IA concentra múltiples miedos contemporáneos: pérdida de control, deterioro ambiental y riesgo existencial. Los centros de datos, visibles y cercanos, actúan como catalizadores de ese temor. Sin mayor transparencia y participación ciudadana, el conflicto amenaza con intensificarse.