Donald Trump volvió a dejar una frase que sería cómica si no viniera de alguien con poder nuclear. En una comparecencia junto a Volodímir Zelenski durante la cumbre de la OTAN en Ankara, el presidente estadounidense afirmó que “la República Islamista de Japón” había disparado 111 misiles contra el portaaviones USS Abraham Lincoln. Todo indica que quería referirse a Irán, cuyo nombre oficial es República Islámica de Irán. Japón, por supuesto, es un aliado histórico de Estados Unidos y no una república islamista.
El desliz no fue menor porque no hablaba de un detalle decorativo. Hablaba de misiles, buques militares, defensa aérea y guerra. Según People, Trump parecía referirse a un supuesto ataque iraní de marzo contra el USS Abraham Lincoln, que el Comando Central estadounidense negó que hubiera impactado. En la misma intervención también confundió a Zelenski con Putin antes de corregirse, sumando otra escena preocupante en un contexto internacional cargado de tensión.
El problema no es una palabra mal dicha. Todas las personas se equivocan. El problema es la doble vara. Trump ha construido buena parte de su carrera insultando la capacidad mental de otros líderes, ridiculizando tropiezos ajenos y vendiéndose como el hombre fuerte que todo lo controla. Pero cuando confunde Irán con Japón mientras habla de misiles, la imagen de autoridad se agrieta.
La política exterior no puede sostenerse sobre frases improvisadas, enemigos intercambiables y mapas mentales confusos. Un presidente no está narrando una sobremesa. Está nombrando países que pueden terminar bajo bombas, sanciones o amenazas.
También hay una dimensión ética. La guerra se vuelve más fácil cuando los pueblos aparecen como etiquetas mal pegadas. Si da igual Irán que Japón, si el adversario es apenas una palabra que se confunde en la boca del poder, entonces las vidas concretas desaparecen detrás del espectáculo.
Mandar no es gritar más fuerte. Mandar, como mínimo, exige saber de qué país se está hablando.