La selección española de baloncesto femenino aterrizó el pasado 4 de septiembre en la Terminal 4 del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas rumbo a Berlín, donde disputará desde ese mismo día y hasta el 13 de septiembre su octava participación en un Mundial, la primera desde hace ocho años. La despedida institucional, organizada por CaixaBank como patrocinador oficial de la Federación Española de Baloncesto (FEB), llevó por lema «Volvemos a creer», una consigna que resume tanto la ambición del equipo como el vacío que ha dejado casi una década sin presencia mundialista.
De las doce jugadoras convocadas, solo Alba Torrens ha disputado un Mundial con anterioridad. El resto encara el torneo sin ese bagaje, bajo la dirección de Miguel Méndez, que debuta como seleccionador absoluto. La ausencia prolongada del torneo —pese a que España sí acudió a la última Eurocopa, donde logró la plata en Atenas 2025— refleja una realidad conocida en el deporte femenino: los ciclos de recambio generacional se alargan cuando faltan recursos, calendario competitivo y visibilidad mediática constante entre gran cita y gran cita.
El palmarés histórico del combinado nacional —bronce en República Checa (2010), plata en Turquía (2014) y bronce en Tenerife (2018)— demuestra que la ausencia de ocho años no responde a falta de nivel, sino a un ciclo irregular de inversión y seguimiento. Mientras la selección masculina mantiene presencia y cobertura constantes, el baloncesto femenino sigue dependiendo en buena medida del impulso puntual de patrocinadores privados como CaixaBank, que desde 2013 sostiene programas de base y el Circuito 3×3, con cerca de 25.000 participantes.
El consejero delegado de la entidad, Gonzalo Gortázar, definió a las jugadoras como representación de «ambición, talento, trabajo en equipo y capacidad de reactivar la ilusión de todo un país». Son palabras que suenan bien en un aeropuerto, pero que no deberían sustituir la pregunta de fondo: por qué un equipo con tres medallas mundialistas necesita ocho años y una campaña publicitaria para volver a la cita que le corresponde por mérito propio. La igualdad real en el deporte no se mide en despedidas con pancarta, sino en la continuidad de la inversión cuando no hay cámaras delante.





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